Published On: Jue, Ago 10th, 2017

Guerrero Jr. se abre pasos propios a base de talento abundante “en cada libra”

SANTO DOMINGO (espn)- Vladimir Guerrero Jr. se hunde en una silla de plástico cerca de la suite de lujo del Marlins Park, con dos perros calientes encima de un plato de papel a una mano y una gaseosa en la otra. El joven de 18 años saca su teléfono, con un papel tapiz que muestra la camiseta con su número 27, y empieza a revisar mensajes de texto. Parece que todos quieren algo de él. Esta es la primera noche de la Semana del Juego de Estrellas, y Junior se fue de 4-2 con par de carreras en el Juego de Futuras Estrellas. Fue el pelotero más joven en ambos rosters. El partido fue un momento culminante tras el anuncio que sería promovido a Clase A alta en Dunedin, Florida, su recompensa por tres meses en Lansing, Michigan, en los cuales Junior tuvo porcentaje de embasado de .409 con siete cuadrangulares y 21 dobles. Ahora, el prospecto No. 2 del béisbol, según la revista Baseball America, Junior no sólo toma el próximo paso en el escalafón de la organización de los Azulejos, sino comienza a crear su propio legado en el béisbol… Y en su tierra.

En la parte trasera de la suite de lujo, su padre lo contempla, rodeado por amigos y familiares de la República Dominicana, California, Nueva York y Florida. A pesar de la pancita de edad mediana y el pelo muy corto, Vladimir Guerrero aparenta menos que sus 42 años. Su barba es afeitada en forma de V. Sus brazos son gruesos. Al caminar, aún muestra los glúteos hinchados de un atleta, los amplios hombros y las caderas. Bebe u trago de una cerveza Corona y mira nuevamente a Junior y las clinejas que reposan sobre su camisa.

¿Vlad irá a Dunedin a ver el primer partido de su hijo?

“No”, responde el padre parcamente.

¿Está emocionado por la promoción de su hijo?

Vlad se encoge de hombros, toma otro sorbo de la botella. Se siente orgulloso de su hijo. Cualquiera que haya visto todas las publicaciones hechas por él en redes sociales lo sabe. Pero, hay una fibra competitiva que hace que Vlad (y a su hijo) eviten pasar mucho tiempo disfrutando de los logros de Junior. Su padre pasó la mayor parte de este siglo siendo uno de los peloteros más dinámicos. Hay mucho que su hijo debe lograr si quiere intentar acercarse a lo que Vlad hizo.

“Aún falta mucho”, afirma finalmente Vlad. “Me emocionaré cuando llegue a las Grandes Ligas”.

Junior hizo swing al bate de 32 onzas y 34 pulgadas de su padre por primera vez a la tierna edad de 3 años. Conectó su primer cuadrangular en un estadio con dimensiones de Grandes Ligas en su República Dominicana natal a los 12. Cuatro años después, fue uno de los talentos más brillantes del béisbol en una isla que los produce por montones, y los Azulejos firmaron a Junior con un bono de $3.9 millones en 2015. Súbitamente, se convirtió en uno de los adolescentes más ricos del béisbol y de sobra, uno de los que carga mayores expectativas sobre él.

Sin embargo, desde que era muy niño, muchos se han preguntado si Junior podía hacerle honor al gran legado de su padre. Tras su firma, incluso después que un entrenador subiera una práctica de bateo asombrosa de Junior en YouTube, los críticos dijeron que su forma de fildear no sería tan prodigiosa como la de su padre. Dudaron de su brazo, nada que ver con su padre, decían. Hablaban con respecto a su ética de trabajo o más bien, se imaginaban la ética de trabajo de un chico que creció con todo a su alcance. ¿Puede un joven con un padre famoso y rico tener suficientes ganas a fin de conseguir una carrera en las Mayores? ¿Le importaría?

Las historias de crianza de Junior y su padre son diametralmente opuestas. Vlad creció siendo pobre en Don Gregorio, pueblo rural en la República Dominicana, a pocos kilómetros del mar Caribe. Usó limones en vez de pelotas de béisbol, bebía de agua acumulada en charcos porque la cabaña de su familia no contaba con agua o electricidad. Una vez, un huracán le quitó el techo a la casa, los seis miembros de la familia Guerrero debieron mudarse a una sola habitación y compartir dos camas.

Por su parte, Junior se movía entre espaciosos vestidores en Montreal, Anaheim, Arlington y Baltimore. Cuando veía a su padre trabajar, lo hacía desde una suite completamente equipada. Nunca ha sabido lo que es pasar hambre, dejar la escuela a fin de mantener a su familia y tener que depender de un helicóptero que dejara caer leche y azúcar desde el cielo.

“Sólo puedo imaginar lo que fue la vida de mi familia cuando requerían ayuda”, indica Junior. “No fue fácil para ellos. Hicieron sacrificios. Me beneficié de ello. Pude vivir mi vida gracias a todo lo que pasaron antes que yo llegara”.

Nunca fue presionado a practicar béisbol. No obstante, desde que Junior tomó el bate de su padre e hizo swing, Vlad supo que este deporte “estaba en su sangre, tal como me pasó a mí”. Al crecer y pasar más tiempo en República Dominicana, Junior rogaba jugar pelota a diario, a veces dos o tres partidos al hilo. “Fui creciendo y adoptando lo que mi padre hacía”, dice.

Las comparaciones eran, y siguen siendo, inevitables. Durante 16 años de carrera, Vlad conectó 449 cuadrangulares, acudió a nueve Juegos de Estrellas y se alzó con el Más Valioso de la Liga Americana en 2004. Se da por hecho su entrada al Salón de la Fama (le faltaron 15 votos este invierno en su primer año de elegibilidad). A Junior siempre se le recuerda quién es y lo que su padre ha hecho. En un estadio, una guía de medios o cruzando la calle, es Vladimir Guerrero, hijo. Siempre será el hijo, el segundo.

Luego mucho tiempo de celebrar con su padre en Montreal, Guerrero Jr. ahora está haciendo su propio nombre en el béisbol. REUTERS/Andre Forget
JUNIOR COMENZÓ A TENER IDEA de lo que su padre significó para el béisbol cuando tenía 10 años. Corría el año 2009, y toda la familia estaba en Anaheim para ver el jonrón 400 de Vlad. Por un momento delirante, los aplausos fueron tan ensordecedores que parecía que el estadio iba a colapsar.

Dos años después, en la República Dominicana, Junior bateó un cuadrangular significativo, el primero en un estadio con dimensiones de Grandes Ligas. Su padre oyó al respecto y, una o dos semanas después, acudió a uno de sus partidos.

“No quería que me viera”, recuerda Vlad. “No quería presionarle. No quería quitarle la mente de su partido. Pero tenía que ir al estadio y verlo”.

Se escondió, por un lado, muy metido en los jardines, cuando su hijo se paró en la caja de bateo y miró al lanzador. Entonces, para el deleite de su padre, Junior la despachó para la calle.

Junior crecía, y su padre le enviaba cintas de partidos. Junior las estudiaba, viendo a su papá hacer swing desde sus talones, despachando cuadrangulares con pitcheos que cruzaban las letras, conectando dobletes de pelotas a pocos centímetros del piso. Si bien Junior miraba y veneraba a su progenitor (“¿Mi papá? Es mi todo”) también ha tomado distancia del legado de Vlad. “Quiero que la gente vea lo que yo puedo hacer, que no estoy aquí por mi apellido”. Y aun cuando Vlad ha insistido que Junior haga su propio nombre (“No le hablo de expectativas, le he dicho ‘No escuches lo que dice la gente, juega tu juego'”) compara las estadísticas, swing y programa de su hijo con el suyo. Compiten entre ambos y se quieren a igual medida.

Junior dice que tiene más disciplina en el plato que su padre. Vlad dice que tenía más poder que su hijo. No obstante, ambos comparten el mismo swing, el mismo golpe y extensión y el mismo sonido del bate. Junior a veces batea sin guantes tal como su padre. “Pero”, insiste, “no lo hago para que me comparen con papá. Es la forma en la que quiero jugar”.

Vlad es realmente una figura paterna: Durante la última temporada muerta, le enseñó a su hijo a levantar pesas, diciéndole a Junior que la masa muscular era necesaria para mantenerse a finales de una larga temporada. Por tres meses en el invierno, Vlad ayudó a su hijo a entrenar: a las 7 de la mañana en el terreno, y luego cinco horas de pesas y bateo.

Los sábados y domingos, jugaban softbol en el infield y lo hacían como si sus reputaciones dependieran de ello. Junior, dice Vlad, es más rápido. “Porque es más joven. ¿Bateando? Le enseño que aún tengo con qué”.

De esa y otras maneras, Vlad sigue siendo una referencia para la carrera insurgente de su hijo. Mantiene la cuenta de los jonrones de Junior y compara la cifra con la suya en Ligas Menores de casi 25 años atrás. Hasta julio en la presente temporada (la segunda de Junior como profesional), ha conectado siete. Vlad será el primero en recordarles que bateó 16 jonrones en su segunda campaña en menores.

Mientras Junior descollaba con los Lansing Lugnuts este año, una nota en el portal Web Bleacher Report comparaba sus habilidades con la de su padre. El manager de los Guerrero y amigo de la familia, Jesse Guerrero, envió por correo electrónico el artículo a Vlad, y luego le habló por teléfono. “Le comenté que el artículo decía que Junior podía ser el mejor pelotero de los dos”, dice Jesse. Vlad respondió: Quizás tan bueno, pero nunca mejor. “Comienza a recitar todas sus estadísticas. Vlad dice que fue directo de Doble-A a Grandes Ligas, que bateó un jonrón en su tercer partido en las Mayores. Le digo, ‘Sí, sí, es verdad'”.